Netflix según Paula: Call me by your name, de Luca Guadagnino

Para abarcar todas las maravillas que nos regala el streaming– y poder distinguir también aquellas que es mejor pasar por alto- a veces se necesita hacer un trabajo de arqueología. Buscar piedras preciosas, esas que resisten victoriosas el paso del tiempo y se esconden en los cientos de contenidos y algoritmos, esperando ser descubiertas. Si hablamos de joyas ocultas en el territorio Netflix, hay una que brilla con luz propia: “Call me by your name”, de Luca Guadagnino. Credenciales aparte – Nominada a mejor película Oscar, Premio mejor guión Oscar entre otras.- el largometraje del realizador italiano no solo es un regalo visual, sonoro y para el alma, sino también un verdadero trabajo de arqueología. Un cine que excava sin pudor en el pasado reciente, en las ruinas de otros periodos, en el tiempo como algo inabarcable y elusivo que habla también sobre nuestra percepción del presente.

A lo largo de su carrera, Guadagnino se ha caracterizado por su lucidez en observar la idea de tiempo en Italia, y sus distintas formas de materializarse. En “Call me by your name”, sigue fiel a ese espíritu: la película traslapa dimensiones opuestas, el imaginario colectivo de los 80, música de los 2000, la génesis del arte renacentista, la belleza natural del entorno, la arquitectura clásica italiana, su lógica y sus esplendorosas huellas. Todo esto como telón de fondo de la historia de amor entre el adolescente Elio (el amado Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer), un estudiante de arqueología, alumno aventajado de su padre (Michael Stuhlbarg) que es invitado a la casa familiar de verano en el norte de Italia. Ambos pasan el calor entre miradas sigilosas, tardes de piscina y piano, paseos erráticos en bicicleta, discusiones sobre música, arte y belleza que al inicio parecen una competencia implícita, pero luego dan paso a una simbiosis natural. El despertar del adolescente es el triunfo de Oliver, que a su vez sale de su letargo gracias a la frescura, inocencia y avidez intelectual de Elio.

En el mundo propuesto por Guadagnino, lo sensorial se confunde con la razón. El análisis de la belleza se transforma en algo académico, que se puede medir y analizar, pero su vez despierta sentimientos desconocidos y muchas veces inmanejables. Como si fuera un mundo en ruinas que se reinventa y retorna a la vida, para luego volver a deconstruirse. Todo atravesado por un maravilloso sentido de nostalgia que se funde con los avances de la tecnología, para excavar en un pasado que amenaza con escaparse de las manos. Las estaciones del año también son esenciales en el relato, porque no solo representan el “despertar” y la evolución natural de Elio, sino también la evolución de los estados en las relaciones humanas, así como traen cambios anticipados que son fieles en la promesa de volver a empezar.


Oliver es el visitante que viene a cambiar “el adentro”, un pasajero en tránsito que trae tiempo de caducidad, pero a su vez dejará una huella imperecedera entre quienes se quedan atrás. Su rol habla de las relaciones improbables, esas que rozan la moral impuesta, remueven los esquemas sociales y crean a su alrededor transformaciones profundas en los distintos sistemas que lo rodean. “Tengo tanta envidia de aquello que hay entre ustedes dos”, confiesa el padre de Elio, mientras observa la dinámica de lo inevitable, la fluidez que surge cuando confluye, en forma natural, la belleza y la razón. El padre se instala desde una distancia autoimpuesta, esa que se repliega en las diapositivas que utiliza para enseñar lo que sabe, para mostrar el objeto inerte de su afecto, para pasar a la siguiente imagen, siempre con la posibilidad de volver una atrás.

Quizás, como dice su nombre, el principal motor es la necesidad de ponerle nombre a las cosas. Sea el propio o el del otro. La idea de poder abarcar los misterios de la vida – el amor, la pasión, la belleza, la caducidad del tiempo – de manera tangible, familiar, para que no se esfumen y sean solo parte de un recuerdo prematuro. Esa es precisamente la bendición del cine, cuando triunfa y logra llegar a todas las capas posibles. Cuando derriba lo que creíamos seguro y nos hace vulnerables. Cuando nos permite a pasar de la sonrisa al llanto en forma natural. Cuando cada escena se transforma en un mundo por descubrir. Y, sobre todo, cuando nos regala el privilegio de poder recomendársela a un amigo.

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