Netflix según Paula: La la land, Damien Chazelle

En estos días de encierro involuntario e incertidumbre, aquella famosa frase “la realidad supera la ficción” se vuelve más real que nunca. Así, la infinita oferta de películas y series que andan dando vueltas por streaming, se transforma en la escapatoria ideal para evadir la paranoia, los malos ratos y soñar con otros mundos. Entre aquellas producciones que amenazan con morir en el olvido virtual, emerge La la land, premiado musical de Damien Chazelle, tan amado como odiado, que es también una buena opción para ponerle color a los días grises. Más allá de los gustos, comparto una inquietud que me da vueltas hace mucho tiempo, desde que la vi por primera vez: ¿Decir que te gustó La la Land es “cinéfilamente” incorrecto?

No sé ustedes, pero yo tengo esa impresión, alimentada por los feedback que alguna vez percibí en redes sociales, compañeros de estudio y conversaciones de pasillo. Siento que declarar tu amor por la película puede condenarte en ciertos círculos y que otros juicios, como decir que es un lindo voladero de luces sin profundidad, un recocido de otros musicales superiores o una película edulcorada y cliché, hecha para ganar el Oscar y hacer tararear a las masas, obtienen la venia de los más entendidos. Todas las opiniones son válidas e incluso en algunos casos puedo compartirlas. Pero mi pregunta es: ¿Por qué ese tipo de comportamiento es mejor visto que confesar tu pasión por La La Land y tus ganas de tararear Another Day of Sun sin pudor?

A 3 años de haber visto la película por primera vez, aún no tengo la respuesta; todavía me debato entre la deformación profesional, el “deber crítico” y el angelito bueno (ese con forma de cupido que te dice “escucha tu corazón”, “eres una princesa de Disney” y otras cosas lindas). Pero mientras oigo la banda sonora en repeat, decido dejarme llevar y reconocer mi condición: No puedo sacarme la bendita película de la cabeza. Mi actriz de Hollywood frustrada interior cayó redondita, quiere salir a la calle a bailar tap, dar vueltas en los faroles, vivir en un departamento con roomates lleno de poster de cine sin enmarcar e incluso está considerando comprarse un vestido amarillo. Le soltó la mano a Ryan y ahora está volando en un cielo de utilería del que no quiere bajar…

Aunque lo que siento por La La Land se parezca al amor, no es un sentimiento ciego. La historia de Mia y Sebastian -la aspirante a actriz y el pianista frustrado que entre audiciones, desencantos y fracasos buscan su oportunidad en L.A.- creo que sí peca de excesos: momentos predecibles y clichés, algunas secuencias demasiado largas y otras a mi gusto innecesarias, que más que emocionar invitan al sueño. Pero cuando uno se enamora, lo hace con defectos y todo, ¿no? Siguiendo los pasos del angelito bueno, ahora escribo con la convicción de que La La Land logra su principal objetivo: entretener y cautivar. Al menos a mí me cautivó de forma bastante interactiva: moviendo los pies con cada canción, imaginando cuál gama de colores sería predominante en la escena siguiente, adivinando cuántas audiciones fallidas estaban por venir e incluso contando las referencias a West Side Story, Grease, Dancer in the Dark y a la inigualable maravillosa soberana absoluta: Singing in the rain.

En ese contexto, el de un público quisquilloso y exigente que no acepta copias baratas y ya mira con recelo el exceso de referencias, el tercer largometraje de Damien Chazelle es casi un acto heroico. Después de la aclamada Whiplash, el director se mete en las peligrosas aguas del musical, género vilipendiado que despierta odios y pasiones y parece estar siempre al borde de desaparecer. Si sale airoso de esta prueba, es porque su La La Land es mucho más que un capricho o un homenaje al género. Algunos momentos de la película -como cuando Sebastian reflexiona con Mia sobre la muerte inminente del jazz y la necesidad de reinventarlo para las nuevas generaciones- así como las referencias deliberadas al cine de la época dorada de Hollywood, con toda su inocencia, su recato y números musicales interminables, para mí revelan una intención: rescatar el modo clásico de hacer las cosas, dar un nuevo inicio a lo que parecía agotado y aferrarse a aquello que tememos olvidar.

Hay veces en que las proezas técnicas revelan el truco y la excesiva preocupación por los detalles quitan espontaneidad a una película. Y aunque a ratos la estética y el ritmo de La La Land esté al borde del manierismo, para mí no alcanza a abandonar esa fluidez, porque nunca pierde su alma. Que Ryan y Emma no canten ni bailen demasiado bien, que no se vean extremadamente guapos (o que al menos lo intenten con Emma, rodeándola de puras versiones de ella misma más altas, voluptuosas y bronceadas) e incluso que todo parezca una escenografía, cartones y luces que en cualquier momento se pueden desvanecer, es un modo de hacer un punto. De recordarnos que el Cine lo es todo y a la vez no es más que eso, historias grandiosas de gente normal, imágenes y momentos que se escapan y a veces se olvidan; es soñar y despertar de sopetón, es enamorarse y desencantarse, es estar en la oscuridad absoluta hasta que encuentras un foco que te vuelve a iluminar.


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