Netflix según Paula: Lazzaro feliz, de Alice Rohrwacher

En algún lugar suspendido de la campiña italiana, vive nuestro amigo Lazzaro (Adriano Tariolo). Aún no cumple 20 años y tiene en su mirada una particular mezcla de niño con una sabiduría ancestral, que convive perfectamente con esa inocencia. Desde hace muchos años, su familia es engañada por la marquesa Alfonsina Della Luna (Nicoletta Braschi), quien tiene a su merced a un grupo de campesinos que viven y trabajan para ella, sin remuneración, hacinados y suspendidos en el tiempo.  Siempre deambulando entre la gente y llevándose todo el trabajo pesado, Lazzaro descubre un día al joven aristócrata hijo de la marquesa, Tancredi. Mientras la amistad crece y Lazzaro se encariña fielmente con Tancredi, una serie de hechos hace que “el gran engaño”, como lo llamará luego la prensa, sea descubierto. Así, todos los campesinos que mantienen vivas las tierras de la “Inviolata” se verán forzados a emigrar a la ciudad, un mundo que desconocen y donde no saben cómo desenvolverse. Un mundo que terminará por poner fin a la fábula.

“Lazzaro feliz”, de la directora Alice Rohrwacher, es de hecho una fábula. Una película sobre la tierra y sus confines, que rediseña la geografía italiana, crea una dimensión suspendida en el tiempo y el espacio, entre los avances e inclemencias de lo urbano y el mundo rural de las maravillas. Ganadora del Premio el Mejor Guion en el Festival de Cannes 2018, el tercer largometraje de la realizadora italiana obliga a mirarlo a través de un filtro onírico, ineludible, que le gana a todo atisbo de distancia y racionalidad. La fuerza del relato se concentra en Lazzaro, en su manera de observar e interactuar con el entorno, que da forma a una inusual fantasía espiritual. Los ojos de Lazzaro, siempre en primer plano, se proyectan hacia otra dimensión, con la figura del protagonista como una presencia descentrada y ajena, viviendo en una cadencia paralela, pero al mismo tiempo siendo parte esencial del ecosistema donde está inmerso.

El tiempo pasa para todos, menos para Lazzaro. Él es la representación del cuerpo cinematográfico anacrónico, que aunque sigue adelante cronológicamente junto a todo lo que lo rodea, se mantiene íntegro, fresco, sin perder la mirada pura ni la fuerza de su esencia.
Así, mientras la fábula se diluye y la realidad toma cada rincón de la vida de nobles, marqueses y campesinos, Lazzaro se transforma en una especie de hilo dorado, un conductor donde todos confluyen y se sienten identificados, pues es el reflejo de lo que fueron, lo que quisieron ser, así como de la inocencia perdida. A este punto, es inevitable pensar en el Totó de Miracolo a Milano de Vittorio de Sica, que se disocia de su entorno y deconstruye la ciudad, la sociedad, el sistema, con la potencia de su mirada disruptiva y honesta, de cuyo efecto ni siquiera es consciente. 

Ese cine que abstrae los elementos de los relatos clásicos, los individualiza y les da valor en su contraposición: la indolencia de la ciudad con la libertad del campo, el calor de los cerros inhabitados con la nieve de la capital, la maldad con la bondad como valores aún absolutos. Entonces los vuelve estereotipos, pero no buscando abusar de ellos o utilizarlos de manera efectista – para inducir una emoción ni una lágrima- sino que para ponerlos en un lugar visible y aprovecharlos como canalizadores de una idea.

Así, el postulado tras el filme comienza a tomar forma: la transparencia y la ingenuidad absoluta, la pureza en el actuar y el pensar, son insostenibles en un mundo como este, ya que se contraponen de tal forma a la naturaleza humana, individual y colectiva, que pasan a ser sobrehumanos. O más parecido a los animales. Como la figura del lobo, que continuamente es usado como metáfora del propio Lazzaro: libre, decidido, indomable. 

El relato se desarrolla como un ciclo natural, pasando del calor y la sequedad extrema al frío, la nieve, el abandono. Los personajes mutan, los paisajes también, pero dos cosas se mantienen constantes: la mirada de Lazzaro y aquella de la directora. Su forma de filmar, que puede permutar sus colores y texturas, pero no la cadencia de su relato. Quizás como un Lazzaro feliz, un cuerpo que sobrevive, que no busca ser honesto pues ya lo es. Que en su propia atemporalidad y la fuerza de su mirada, se transforma en eterno.

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